12.9.06
"La sonrisa del esclavo" - F. Gámez - 11/09/2006
29.8.06
Mujeres - Felipe Gámez - 25/08/2006
A mi madre, in memoriam
25/08/2006
FELIPE GÁMEZ MARTÍNEZ (DNI 26.420.064X)
El pulso de la realidad tiene diferentes ritmos según las edades por la que un hombre pasa y las mujeres siempre están en esos pulsos por diversos motivos. Para Fellini “L’amore é nutrimento”. ¡Claro! Para mi el amor a las mujeres empieza con la primera que se acerca: un cuerpo blando que llega tibio en la madrugada y ofrece las dulces lunas de sus pezones, quizá lo único suyo que tiene. Desde entonces "La città delle donne" (de nuevo Fellini) es el mundo, el mundo que no puede concebirse sin ujeres... pues son ellas quienes al enamorarse lo crean todo. Con esto quiero decir que la primera mujer de mi vida tiene una categoría y un valor. Si no fuera porque ha muerto hace poco incluso yo pensaría que exagero al decir que su categoría es el de una diosa y su valor infinito. Uno descubre esas cosas demasiado tarde. Para el Fellini carnal la infancia es el punto del espacio y del tiempo donde las mujeres abren los surcos donde él sembrará sus mundos... que luego serán los balcones por donde ellas nos abrirán los iris embobados. Salvando las distancias (que son muchas, naturalmente) yo siento parecido. De mi madre, y como herencia suya, me viene el dar a las mujeres el máximo valor, incluso la categoría heroica de ser madres (diosas), cuando no todas quieren serlo y no todas valen lo que valía ella. Recuerden la frase bíblica: La mujer sabia edifica su casa, la necia, con sus manos la derriba. García Márquez trata de reunirlas a todas en su último libro: "Memorias de mis putas tristes"; y es que en su memoria de escritor caben todas las mujeres que pasaron por su corazón, incluso las que no tuvieron esa oportunidad. En un libro anterior, "Vivir para contarla", busca atrapar su infancia y para eso empieza contándonos: Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Más adelante, añadirá: El aspecto de mi madre me impresionó. La infancia es el universo de la madre y si queremos alcanzarla debemos saber que siempre estará ahí completando la realidad, al fondo de todas las circunstancias, de todos los sucesos. Por desgracia hay madres sin amor y sus hijos/as serán luego personas sin afecto, es decir sin infancia. Con el amor romántico nos llega a los hombres la oportunidad de ir a las mujeres, alcanzarlas tal y como se alcanza una estrella, rozar el misterio con las yemas de los dedos, aprender. Muchas mujeres son universos y rodearlas, entenderlas abarcarlas es absoluta y totalmente imposible porque apenas vivimos una fracción del tiempo que necesitaríamos. Pasé 25 años al lado de mi madre, la tuve pegada a mis nalgas sin perder un sólo detalle de lo que me pasaba por dentro y por fuera y si tuviera que contar quien fue tendría que empezar preguntándome quien soy yo. La vida me llevó luego a mujeres que son auténticos agujeros negros, ¡insaciables! Bellas mujeres que se agotaban antes de empezar; mujeres tiernas, sensibles, vacías, generosas, volubles, complaciente, arpías... Carmen Posadas, con un conocimiento preciso, dice en un artículo reciente: ...las guapas, al hacerse viejas, conservan todos los tics, posturitas y cucamonas que tan deliciosos parecían en un cuerpo bello... y que son tan patéticos cuando la belleza se ha esfumado. No hay nada tan demoledor como una mujer hablando de otra. Freud apenas destapaba el melón cuando se preguntaba, ¿qué quiere una mujer? Es mucho peor preguntarse, ¿qué piensa una mujer? Un sabio poeta, Mario Benedetti, nos aconseja: no vayas a creer lo que te cuentan de las mujeres (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que la mujer es incontable. Otras frases célebres dicen: las mujeres fueron hechas para ser amadas... Como Pitágoras de Samos, me aplico el cuento y digo: Elige una mujer de la cual puedas decir: hubiera podido buscarla más bella pero no mejor. La madre, la infancia, el valor de lo infinito. Los hombres pasamos por las mujeres como pasamos por los océanos... ignorantes de lo que sucede debajo e inquietos por las tormentas.
26.7.06
¡Dislocá!, "Matices con empatía" (4), Felipe, 16-7-2006
Ya lo dije alguna vez: mi club de fans es ciertamente exiguo y no me quejo, es más lo considero el mejor club de fans posible porque son pocas personas pero muy especiales. A tal punto lo son que la pregunta sería: ¿las merezco? Una vez alguien me dijo: “tú no te das cuenta pero me tienes dislocá”. Lo dijo en un arrebato de sincera y ardiente vehemencia malagueña. Lo cierto es que aquello que tuviera fuera de sitio (fuera lo que fuere) volvió a su lugar en poco tiempo y aquella buena mujer no tardó en salir de su error. Se lo agradecí porque si algo debe asustarnos es que nos tomen por lo que no somos.
Uno es lo que es y cuando alguien nos sobrevalora llama a una puerta donde no estamos. Al final esos confunden ausencia con desprecio y terminamos escuchando aquel dicho antiguo: “de desagradecidos está el infierno lleno. Con todo lo que hice por ti”. De ahí a que te pongan en el contenedor hay un paso y, ¡hombre!, o ¡mujer! Tampoco es eso, ¿no?
La capacidad para dislocar a otros no abunda en nuestra especie, por fortuna para todos. Gozan de ella algunos líderes carismáticos (con todo el peligro que ello entraña) pues uno es lo que es, con independencia de lo que al líder político de turno le interese hacer con nuestra adhesión. Me acuerdo de los otrora líderes,
Mi pareja, MariaJosé, dice: “a mi, Luz Casal, me tiene dislocá” y lo entiendo. Luz es una artista consagrada por una trayectoria de alta calidad y tanto en sus letras como en su música interpreta vivencias y sentimientos donde entramos todos. Pero si nos fijamos en esa morralla salida de Operación Triunfo, por ejemplo, el disloque de la juventud no da como para tirar cohetes, pues no sale de la letra insulsa o el embrutecedor “¡chumba-chumba!”. Como todo montaje hecho de bolos rápidos y cartelería sólo mueve dinero, no valores, y el/la artista que hoy aturde a los nenes del botellón viernícola, termina maltrecho/a después del “pelotazo”. No me hagan mucho caso pero la médula de esos ritmillos pegadizos sólo es humo para llenar el globo de la canción de un único verano y como apenas son tinta industrial, tan pronto el otoño deja caer las lluvias tempraneras, se deslíen raudos hacia el vertedero.
Otra cosa es ser valiente, aceptar correr riesgos y dislocarse por amor. Lanzarse a las calles tumultuosas de la vida, doblar las esquinas con una sola pierna y sin que importe el futuro. Una vez más iré a contra corriente de aquel romanticismo falsete e insostenible al decir que el amor y el futuro casan mal porque uno se hace de sueños y el otro de despertares. Amar, todo el mundo lo sabe, es estar dispuesto a dislocarse: es decir a soñar a tumba abierta, sabiendo que será preciso despertar a toda leche. Amar es en sí mismo un disloque conectado con la vida en estado puro, la savia que nos previene contra la modorra y la planificación burguesa, perfecta para los cobradores del banco pero malísima para quien tiene poco tiempo... y todos estamos a las menos cuarto por las bajeras.
Mi experiencia no sirve a nadie, lo sé y lo asumo, y El miedo a volar es un ancla que nos lastra al contenedor de una realidad donde no pasa nada y se resume en un estribillo idiota: “opá viasé un corrá”. La vida no es más que un verano tonto donde al final ni hacemos el corral, ni llueve pues antes de que el otoño se disloque... nos dislocamos nosotros.
16.7.06
Tánger, 2ª parte: la llegada - Felipe Gámez
Tánger empieza donde Marruecos termina así que cuando salimos a pasear, dispuestos a llenar de pasos perdidos las dos horas que nos faltaban para el almuerzo, nos encontramos asomados al balcón mediterráneo de una ciudad puente. Quiero decir, a medio camino entre lo que fue y lo que es, o también cabría reconocer que se trata de una ciudad árabe que mira en su interior y en ella ve la Europa universal.
Frente al hotel SolAzul se extendían las playas kilométricas de la bahía de Tánger, poco concurridas aún y de arena fina, algo compactada por las últimas lluvias y batida por el viento del mare nostrum. Aunque parecidas no las confundiríamos con las playas de Tarifa porque en España no se ve en ellas nada parecido a camellos o pacientes borriquillos, explotados (o mejor decir, jorobados) en el negocio del paseo y la foto turística. (Bueno, si, los burro-taxis de Mijas son algo por el estilo) Salimos de negociar con Jamal nuestras excursiones y fuera del hotel la mañana era azul, cálida y sensible de un abril como el nuestro. Unos cuantos escalones bajaban desde la puerta del hotel a la calzada de una vía rápida con toda la pinta de ser el Paseo Marítimo de la ciudad. Ya en la acera, un morillo aseado y bien vestido, de unos nueve años, nos ofrecía cajetillas de chiclet con sabores a frutas por 50 céntimos, sonreía y nos llamaba “¡amigos!” en un español sin acento. Amistoso, incluso cariñoso, el niño consiguió ganarse unas monedas, incluso nuestro afecto, en los pocos días que estuvimos alojados.
El tráfico era endiablado, como en Málaga, sólo que la veda al turista, salvo despiste u omisión parecía estar algo más abierta. Traspusimos la calzada escabulléndonos por entre el tráfico abundante y enseguida supimos que, en efecto, aquel era más o menos el centro del Paseo Marítimo. En la playa, como he dicho antes, jumentos lanudos y temblones, que habrían hecho las delicias de Juan Ramón Jiménez, enjaezados para entretener al personal, hacían lindos viajes hasta la Alcazaba. Por el contrario, sus colegas mamíferos artiodáctilos, porteadores mucho más potentes, prestaban sus incómodas monturas a quienes, atreviéndose a encaramarse a la cruz de sus jorobas, pedían ir hacia el Cabo Espartel y el Faro.
Como en todas partes la publicidad se valía de los motivos más fáciles y simples. MariJose, arropada en un fino chal verdoso hizo sus primeras poses dispuesta rondar con ellas a la esquiva posteridad. Otra constante es que todo estaba un poco en obras y en algunos sitios para llegar a la arena había que salvar un desnivel de cuatro o cinco metros bajando por unas escaleras empinadas y sin baranda. Prendidos de la mano caminamos un rato en dirección al centro, con la penosa impresión de llevar en la cara, serigrafiado, el sello inconfundible de los turistas pardillos con los que se ceban los pillastres de siempre. Aunque debo decir, y con razón, que nadie vino a molestarnos abordándonos en esa primera incursión en terreno desconocido. Bien pertrechados para el ojeo libre e indiscriminado no desaprovechamos la ocasión para fijarnos en cuanto de novedoso, original u extraño halláramos a nuestro paso, que no fue nada en absoluto. Alguna fuente pública, el monumento a un prócer, las vallas publicitarias ... todo bastante familiar.
La mañana invitaba y junto a nosotros, otros turistas: españoles y franceses sobre todo, pasaban empujando al sol con el rostro pálido y ojeroso de los que invertimos muchas horas al día bajo la luz blanca de las oficinas. La diferencia en el matiz de la piel era obvia respecto a las familias marroquíes, europeizadas o no que hacían lo propio junto a sus niños. Mujeres de edad media, cara redonda y pelo oculto tras el rígido velo negro, lucían un moreno específico (sociológicamente de aluvión) y supongo que aquel sol aún “clarete” no impresionaba lo más mínimo a la textura de la piel aclimatada a la zona. Los niños son niños en todas partes y aquellos, (MariJose les llama pequeños tiburones) daban la vara como es natural riendo y correteando por doquier en juegos propios o inventados sobre la marcha. Antes de llegar a la playa de la Alcazaba, delante de la Medina, nos volvimos, desandamos los pasos y deambulamos tranquilos por los alrededores del hotel haciendo tiempo para llegar a la hora del almuerzo. Sentados en un banco intentamos sentirnos en ¡África! Y al no lograrlo del todo llamamos por teléfono a los hijos para dar novedades del viaje: nos encontramos bien, ¡que no cunda el pánico!
Sabía ya, por otros viajes, que MariJose es una compañera solícita, cordial, dispuesta a interesarse en todo y por todo. No en vano sumamos a esta salida algunos miles de kilómetros juntos y decir que nos encontrábamos “agustito” quizá sea decir poco... o decirlo todo. Puedo añadir que nos compenetramos con facilidad, que se nos hace sencillo ir del uno al otro; disfrutadores de la fugacidad inevitable del momento. Corredores de fondo de la vida, caminantes del paso seguro y del sentir sereno, anduvimos esas horas entre la Tánger que se reconoce y la que se sueña. Tal y como fuimos descubriendo en los días sucesivos, la ciudad entiende todos los lenguajes en los que los hombres y mujeres insistimos en ser felices o desgraciados.
Marruecos es un país dentro del cual se desarrollan diferentes proyectos vitales, en unos aparece o se perfila una sociedad moderna que respeta los derechos humanos y en otros pervive un proyecto social donde inercias de corte medieval continúan pesando mucho. No se nos oculta que la religión, tal y como se proyecta desde el punto de vista islámico, juega en el mundo marroquí un papel preponderante. Aconsejados por Jamal, el vendedor de Flandria, comimos en el Sea Rainbow un restaurante próximo al hotel. No teníamos ganas de correr riesgos sanitarios y el lugar nos pareció agradable. Almorzamos por diez €uros (unos 100 dirhans, caro) y recuerdo el servicio esmerado de unos jóvenes camareros muy profesionales y competentes.
Sobre las cuatro de la tarde se presentó el Flandria Bus y dio comienzo la primera excursión. El guía que iba a conducir la expedición se presentó: me llamo Hamed y haremos un trayecto por la ciudad de Tánger, sus alrededores y su historia. Finalmente veremos La Medina, en el casco antiguo, entraremos en los bazares y podrán hacer compras, siempre, siempre, negociando los precios finales con el vendedor. En Marruecos el comercio y la negociación son columnas fundamentales en nuestra manera de ver el mundo. Arrancamos y el guía, como es natural, fue pródigo en unas cosas y parco en las que podían ser delicadas. Hablar de Marruecos –dijo mientras subíamos por la avenida de Mohamed V– es asomarse a una sociedad compleja en la cual conviven muchas culturas que pertenecen a diferentes épocas históricas, como la "Edad Media", en coexistencia con estructuras de fin del siglo XX. Costumbres idolátricas se solapan con creencias musulmanas en un difícil equilibrio con los últimos descubrimientos de la ciencia contemporánea.
Hamed hablaba por un microfonillo mientras el autobús circunnavegaba la ciudad. Empezamos por los bulevares principales, que también son la zona más moderna y occidental. Hamed partía de la idea de que estábamos allí para comprender su mundo y decía: Para entender a Marruecos debemos considerar su sociedad según lo hace Paul Pascon, un conocido sociólogo de origen franco-marroquí, que llamó a nuestro modelo de convivencia,"Societe Composite". Algo así como un entramado social caracterizado sobre todo por la convivencia de todas las tradiciones y contradicciones imaginables, a menudo en armonía. Escuchándolo y en contradicción con sus palabras recordé algunas ideas de Leila Chafai, una voz africana clara e indiscutible, líder por los movimientos de mujeres marroquíes, estudiosa y doctora en Sociología.
Era un guía profesional, algo así como federado y lucía en la chilaba terrosa la acreditación legal correspondiente. Quiero decir que tenía bien aprendida la lección y que se notaba bastante que no hablaría de su pensamiento, como hombre políticamente libre, sino del rollo ideado y autorizado por la autoridad competente del Ministerio de Turismo. Desde un punto de vista profesional nada que objetar pues él se limitó a contar lo que podía con puntos y comas; es decir, a darnos la versión oficial de la realidad. Todo tan hapy que podía resultar soporífero a la hora de la siesta. Pese a todo no me picó la modorra y creo que en el autobús, ocupado en su totalidad por españoles, nadie lo hizo pese a la voz automática y a lo monótono del tono empleado:
Tánger se extiende desde Alcázar Seguer, hasta las playas atlánticas. –Decía Hamed– La costa del estrecho es irregular por la llegada de la cadena interior del Rif, hasta el mar, con salientes y puntas en Alcázar, Ferdiua, Alboasa, Altares ,Malabata. Allí podrían visitar el faro, el Castillo y las playas de los judíos, Pichones , Agujas y Espartel, lugar donde la costa cambia de dirección hacia el sur convirtiéndose en atlántica.
La zona que rodea la ciudad hacia el interior agrícola, llamada Fahs, muestra pequeños núcleos poblacionales como Auama y Regaia, bastante más llana y solo jalonada por algunas sierras de bajo nivel como el Yebel Zairo, famoso por sus fuentes al sur y los montes de Tánger al oeste.
En la prehistoria este territorio estaba poblado por un hombre, semejante al del Neardental, descubierto en el Fash (Mugaret el Aliya) 50.000 a.c., desarrollándose una civilización mauritana, semejante a la de la península ibérica , entre 20.000 y 9000 a.c. Los fenicios fundan una colonia en el Marshan 1450 a.c. Cartago funda un campamento en Tingis entre 475 al 450 a.c. Destruido el imperio Cartaginés la ciudad se convierte en capital de un principado mauritano independiente, pasando a ser colonia romana con Augusto en 38 a.c. instalando, como reyes a Juba I y Juba II los más célebres reyes norteafricanos. En el año 42 d.c tras una revuelta contra el imperio el emperador Claudio la conquista declarándola capital de la provincia Mauritano-tingitana. Desde entonces tiene dos calles principales una que sale del zoco grande, coincidiendo con la actual calle Siagin y terminaba en Bab el Marsa. Su forum coincide con el zoco chico. En los alrededores había varias haciendas agrícolas y una factoría de salazón en Cotta. De esta ciudad salía la calzada hacia Sala y Volúbilis.
El autobús bordeaba la ciudad y había dejado atrás los barrios residenciales donde su discurso bajó aún más de tono: colinas erosionadas rodean la ciudad por el oeste, con una altura máxima de 327metros, bonito arbolado y magnificas mansiones. Sobre el estrecho se encuentra la playa de los judíos y en su extremo occidental, el faro, con su playa y más hacia el sur las prehistóricas cuevas de Hércules, hacia las que nos dirigimos y las ruinas romanas de Cotta, junto a el centro turístico del Mirage y la amplia playa de Jeremías que por la hora no tendremos tiempo de ver.
Mientras nos acercábamos a las cuevas de Hércules yo recordaba la mitología y él los alrededores tangerinos: no lejos de aquí se encuentra Melusa con Sidi Alí patrón de los dementes, muy venerado en toda la región, fue sede de una intervención local, contando con un orfanato y centro psiquiátrico. En la comuna de Azzinate se encuentra Regaia, que junto a Cuesta colorada, en la antigua carretera de Rabat fueron sedes de un destacamento militar durante el protectorado para la vigilancia de la frontera con Tánger.
Sobre las seis de la tarde el bus de Flandria nos dejaba a la puerta de la gruta de Hércules y allá fuimos todos en tromba hacia el interior de la cueva, en ese momento visitada por otros turistas. Todo el mundo sabe que las grutas de Hércules fueron las del cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, al que Ulises, cantado por Homero en el bello poema La Odisea, deja ciego clavándole una estaca en su único ojo.
Nosotros, que somos crédulos por naturaleza, admiramos y remiramos la gruta esperando que a Polifemo se le hubiera pasado el cabreo y salido de caza. Es de suponer que Poseidón, como buen padre le habría devuelto la vista una vez que Ulises salió zumbando para Ítaca. La naturaleza de nuestros orígenes despierta ecos y voces profundas así que todos sentimos que en aquella sima se conservaba rastros humanos inolvidables y nos dio hacer una buena tanda de fotos (Detrás de MariJose, aparece Hamed). Al salir nos dedicamos a ojear la abundante y variopinta artesanía que algunos vendedores exponía aprovechando cualquier oquedad disponible. No compramos nada no porque no nos interesara el genero sino porque nuestra disponibilidad económica aconsejaba ser prudentes.
De nuevo en el autobús, Hamed tomó la palabra y informándonos que pasaríamos, de vuelta a Tánger, por donde el Mediterráneo y el Atlántico se unen creando un paisaje de indudable e inusual belleza, y reconozco que fue tal y como dijo. Cuando el viento sopla de España –decía Hamed– las playas Atlánticas están resguardadas y los tangerinos vienen aquí. Por el contrario, cuando el viento procede del océano, las playas mediterráneas son tranquilas y seguras, por eso los tangerinos se refugian allá. Eso significa que en verano Tánger es un sitio perfecto para solazarse.
Según el guía llegaríamos al Zoco atardeciendo y mientras el bus cubría el trayecto amenizó la media hora larga con historias, unas más y otras menos conocidas:
La tradición oral tangerina nos dice que, después del diluvio, yendo a la deriva el Arca de Noé a la esperar de tocar tierra firme, sucedió que una paloma con las patas manchadas de barro se posó en el puente del Arca. Sus ocupantes exclamaron entonces "Tin jâa", o sea ¡tierra! Bueno, tranquilos, es poco probable que la lengua de Noé fuera el árabe ... Tanja, en lengua bereber, significa humedal, lo que tendería a probar la existencia de un asentamiento humano amazigh bastante anterior a la llegada de los fenicios.
Por lo que sabemos, las leyendas sobre los orígenes de la ciudad o sobre los hechos acaecidos en su región de influencia tienen dos orígenes: la fuente bereber, basada esencialmente en la lingüística y la fuente griega mucho más abundante y documentada.
Puse atención porque cuando escucho de pronto que se nombra a los griegos, me despepito sin querer y me pongo a contrastar conocimientos que provienen de cuando era joven. El guía decía: Son los relatos griegos los que nos han hecho llegar las más bellas leyendas acerca de Tánger. Según Platón, la región de Tánger, así como el resto de Libia, era del dominio del gigante Anteo, hijo de Poseidón y de Gea (La Tierra). Al parecer era costumbre de Anteo retar en duelo a todo aquel que, gozando de una cierta corpulencia se atreviera a pasar por sus tierras a las que había dado el nombre de su esposa, Tinga. El gigante, tras liquidar a sus víctimas, adornaba con sus despojos el templo dedicado a su padre.
Así fue hasta la llegada de un semidiós, Heracles, (para los romanos Hércules) hijo de Zeus y de la bella Alcmena, que no solo aceptó de buen grado la batalla sino que consiguió deshacerse de su contrincante ahogándolo mientras lo mantenía en el aire para que Gea, su madre, no el devolviera las fuerzas perdidas. Cuentan que en el curso del combate un golpe de sable de Heracles abrió de un tajo el Estrecho de Gibraltar y que para celebrar la victoria Heracles mandó construir sendas columna a un lado y al otro del estrecho que durante milenios serían las fronteras del mundo conocido.
Tal y como era costumbre Hércules tomó por esposa a la viuda de Anteo y esta diole un hijo llamado Sófax, que a la larga fundaría una ciudad a la que llamó Tingis. Y ahí es donde Hamed quería llegar para terminar su perorata pues el bus estaba aparcando en una glorieta próxima a las murallas desde donde partía la visita a los bazares y al zoco de La Medina.
Anochecía, se hacía tarde, refrescaba y yo creo que Hamed quería concluir su jornada lo antes posible. Tenemos la idea, no se si será verdad, de que los moros aman la dulce conversación y el beber distendido con los colegas, tanto como les disgusta el arduo trabajo. El caso es que empezamos La Medina por arriba para concluir en el Puerto donde el autobús esperaba para llevarnos al hotel. Todo en una hora, quizá menos. ¡Visto y no visto! ¿Se entra a ver un museo a uña de caballo?, ¿a que no? ¡pues eso! Hamed quería irse a su casa... con sus chiquillos, o con los amigachos, a pegar la hebra, y nos despeñó a todo meter por aquellas cuestas. Nos llevó arrastrando los ojos por las fachadas coloreadas, por los viejecillos vendedores con caras de rabinillos (el hambre, digo yo) los puestos de venta, por lo general bien surtidos, ahondados por callejas estrechas y recovecos atestados de moros. Entonces no me di cuenta porque anduvimos atareados en no perder la chilaba del guía que trotaba y se nos escapó una de las mejores, pues el zoco y La Medina de Tánger bien merecían, cuando menos, gastar un día entero curioseando por allí, tanteando los géneros, empapándonos del ambiente, de los olores de las especias, y del tacto del algodón con el que fabrican las prendas...
Una cosa no descuidó Hamed, la visita a la tienda donde, como es natural tiene su comisión por las ventas. “Vean todo con tranquilidad –decía– no hay prisa. Y cuando tengan lo que quieren negocien con el vendedor, sobre todo negocien”. Allí hicimos las primeras compras, mientras el guía hablaba con el propietario en su lengua de trapo.