Acepté porque previamente me había montado mi propia película y no sin haber tratado en vano de dale esquinazo. ¡Olvídalo chica, no me debes nada! Le dije. Era yo quien tenía una deuda contigo, la saldé escribiendo un relato en el que estabas incluida. Como oyente de Onda8 eres impagable y me siento afortunado por... No sirvió de nada darle coba, ni inquirir: ¿qué haremos en Lisboa? Tú, una mujer joven y hermosa y yo un cincuentón solitario... “¿Qué pasa?, dijo ella. ¿Qué temes? No quiero pensar que en ti todo sea literatura; sé que no es así. ¿Qué hay del aventurero que se entrevé en todo lo que escribes? El que vive y sueña a la vez, el que se entrega sin reservas, el que ama... tierna y ferozmente.” Aseguró conocer al tipo, incluso saber
que no dejaría plantada a una dama. Yo argüí: te equivocas bonita, cuando escribo, aunque lo parezca, nunca hablo de mi. Pero ella dijo burlona: “¡Mientes como un bellaco!” No me cupo otra opción que aceptar el reto y decir que haríamos juntos aquel viaje romántico a Lisboa que, recuerdo, ofreció gustosa, si escribía una historia con ella dentro. Para aceptar conocernos en aquel restaurante chiquito yo puse algunas condiciones, para el viaje ella puso una sola: “prométeme que de esta historia nadie saldrá herido.” No sé por que esas palabras me tranquilizaron. Tardamos algunas semanas en coincidir, mientras tanto puse a punto el guión de mi propia película: Su propuesta de viaje romántico no incluiría sexo, ¿cómo iba a ser? ¡Por Dios!, una treintañera y yo... no tenía sentido. Mi papel sería paternal; plan cicerone o algo así. Conozco bien la capital portuguesa, voy con frecuencia y puedo moverme por allí con cierta soltura. Me alojo siempre en un hotel chiquito, barato y medio escondido pero muy limpio y con un servicio cuya familiaridad linda con lo auténtico. La llevaría a degustar el mejor bacalao del mundo, en el sitio más inverosímil, luego oiríamos un fado genuino y pasearíamos después a la orilla del venturoso Tajo, mientras la conversación se haría interminable y la tarde declinaría sola hacia los precipicios de Sintra, como si se tratara de un sueño. Monté un guión perfecto para que pasara de todo y no pasara nada... Fue justo al contrario. Cuando nos vimos en Málaga, muy temprano, con ganas de llegar pronto a Lisboa, estaba hermosísima. Comprendí que no tenía que hacer nada para derrochar belleza. Hicimos el camino hablando de la pasta con la que están hechos los actores. Reconoció que no son gente corriente, capaces de asumir vidas simples o complejas con total naturalidad. Yo dije: quizá ahora interpretas un papel. “¿Cual?” Preguntó divertida. Yo expresé en voz alta lo que pensaba: Tú eres la Amantis Religiosa... yo el macho incauto. Se rió un buen rato, amargamente. Luego dijo: “En aquel relato fui el diablo, ¿recuerdas?, ¡ni te imaginas lo que me dolió! Hoy me conviertes en la Amantis... ¿Por qué eres tan duro conmigo?” Me desarmó. Quizá para cambiar mi actitud hizo lo posible por hacerme sentir bien a todo lo largo del día. La sentí tan feliz, tan segura, tan infantil a veces. Me cogía del brazo o me tomaba de la mano, conversaba y hacía mil confidencias mientras Lisboa se dejaba transitar con una dulzura muy propia de los lusitanos. De pronto empezó a llover y corrimos a comprar un paraguas que insistió fuera chiquito para ir bien amarraditos. Por unas largas escaleras de piedra subimos a la Rocha de Conde Óbidos, una elevación coronada por un cuidado jardín desde donde se ve el río y los muelles. Caía un agua menuilla, dulce. Bajo el paraguas, me miró a los ojos y dijo: “felicidades, lo haces todo tan sencillo”. No sé a que se refería, si en aquel encantamiento había algún mérito era suyo. Anocheciendo visitábamos el Monasterio de los Gerónimos, inolvidable como siempre. Lo increíble de los milagros es que ocurren (Chesterton). Te das cuenta que te han cambiado la vida después, cuando son un recuerdo y compruebas, agradecido, que eres mejor persona.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
13.3.05
11.3.05
"Algo para contar" - 24/1/2005 - Felipe
Salgo poco de mi mismo. Como el poeta, voy de mi corazón a mis asuntos (Miguel Hernández). A veces esos asuntos están en las librerías donde paso algunas tardes de sábado rebuscando en la montaña de papel impreso, esos libros difíciles de encontrar. En ocasiones me siento... ¿cómo decirlo?, como un folio en blanco, estoy bien, no busco nada y sencillamente paseo por Málaga como matando el tiempo. Nunca es del todo así: voy con los ojos bien abiertos, poroso, codiciando que sea la ciudad quien me descubra o que sean las calles, los barrios solitarios o populosos quienes traigan hasta mi alguno de sus secretos. Otras veces, por lo general los domingos, madrugo, arranco el coche y me alargo sin más a unos de esos pueblos de la provincia que no están lejos. Voy deseoso de refrescar mi propio instinto pueblerino (también soy de pueblo), dispuesto a traerme llenos de belleza los cántaros del iris o en su defecto el maletero del coche en forma de sustancias elementales: agua serrana, pan de leña, aceite, vino, miel, laurel... Nunca me había pasado que en vez de ir a traer algo hiciera el viaje para dejarlo todo. Es algo para contar. Una experiencia nueva y también misteriosa. Llegué pronto así que el pueblo aún despertaba. Dejé el coche a las afueras y aquel aire de leña quemada, que tantos inviernos trae e mi memoria, avivó aquel entusiasmo ido a menos. En los pueblos andaluces lo primero que te encuentras con ganas de madrugar y darte la bienvenida son los bares. Dentro había más sueño que gente: un par de parroquianos acodados en la barra y una señora, con pinta de guiri, que sentada en una mesa junto a unas tragaperras tomaba sola un café con leche. Desde que entré aquella mujer no dejó de mirarme. Pensaba andar mucho y desayuné bien: mollete de jamón ibérico a la catalana. La mujer vino un par de veces a la barra a pedir algo y a mirarme con descaro. No me sentí molesto sino un poco aturdido. Al salir me siguió por una calle empinada y no bien doblamos una esquina me abordó: “Perdone, dijo decidida, soy inglesa y tengo un estudio de pintura muy cerca de aquí”. Su pronunciación era correcta aunque mantenía ese acento guiri característico. Larguirucha, un tanto huesuda los ojos hondos y analíticos, con toda probabilidad más allá de los cincuenta. Soy lento de reflejos y en ese momento con el mollete empezando a girar en el estómago no sabía muy bien qué significaba tener un estudio de pintura cerca de allí. Su rostro mostraba un conjunto armónico y en los labios, junto a la seguridad se enjugaba un no disimulado deseo. “Soy pintora, dijo ofreciendome una mano que yo estreché, su cara me interesa... tiene algo... me gusta y tengo mucho interés, si me lo permite, en hacer un estudio... rápido, sólo unos bocetos, no le entretendré mucho, ¿media hora? ¡Por favor! ¿Sí?” Soy sensible arte y el que un artista vea en mi rostro algo que ni yo mismo he visto nunca me llenaba de curiosidad. No sean morbosos, no tuve que desnudarme. ¡Afortunadamente! Pero la media hora se hizo un poco larga. Primero trabajó sobre papel y carboncillo. Sus trazos eran rápidos con fuerza. Luego empleó otras materias, cartulina, acuarela, pastel, témpera. Fuimos a comer al mismo bar de la mañana y por la tarde continuó. La vi tan entusiasmada, tan entregada a lo que hubiera visto en mi que la dejé hacer. En realidad apenas hablamos. Cuando nos despedimos era de noche y yo regresé a Málaga. Por el camino recordé una experiencia similar en Barcelona, hacía mucho tiempo. Paseaba por las Ramblas donde a esa hora de la noche pintores ambulantes montaban la parada y te hacían un dibujo por trescientas pelas. Quise probar y elegí a un tipo
extranjero que exhibía un modelo de Robert Redford, y éste sí estuvo trabajando como media hora. Cuando terminó guardó la cartulina en una carpeta y no quiso vendérmela, ni siquiera me la enseñó.” No, dijo, no la vendo”. Pero por qué, dije yo, es mía y el dijo: “No. Es arte, no está a su alcance”.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que vien
extranjero que exhibía un modelo de Robert Redford, y éste sí estuvo trabajando como media hora. Cuando terminó guardó la cartulina en una carpeta y no quiso vendérmela, ni siquiera me la enseñó.” No, dijo, no la vendo”. Pero por qué, dije yo, es mía y el dijo: “No. Es arte, no está a su alcance”.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que vien
"Málaga cristalina" - 17/1/2005 - Felipe Gámez
Ayer, como todos los sábados después de almorzar, bajé con Doc, mi perro, a pasear por la playa de Huelin. El sol del invierno es el que más se agradece, máxime cuando el aire de cristal deja ver esa Málaga que sólo es verídica durante los sueños. Ella estaba sola, absorta en la infinitud del horizonte, sin saber que contemplaba una ficción. Nos cruzamos durante un segundo, me miró, la miré y por un instante creí que me recordaría. No fue así. Ella continuó perdida en el cristal de la tarde, recorriendo sola las costas de una tristeza... personal. Mientras me alejaba recordé aquel viaje en tren de Barcelona a Málaga, hace ahora unos seis meses. Asuntos familiares me llevan allí con frecuencia y de regreso me enfrascaba en mis libros. Leía a Fernando Pessoa, un librito sobre la mejor Lisboa para turistas: "...por la Rua Eugenio dos Santos, veremos de frente hacia la Rua do Jardim do Regedor, el Monumental Club y un poco más adelante..." aunque de tanto en tanto saltaba a su obra poética: "Murcharam na haste morta da ilusao. / Sonhar é nada e nao saber é vao. / Dorme na sombra, incerto coraçao. (Mustiaron en el asta muerta de la ilusión. / Soñar es nada y no saber es vano. / Duerme en la sombra, incierto corazón)". Ella subió al tren en Vilanova y la Geltrú, con todos los periódicos que había podido arramblar y como no había otro asiento libre se sentó a mi lado. Estuvimos cada cual a lo nuestro hasta Valencia. Allí ella dijo: “Pessoa fue un amargado, un triste, un cenizo, un muermo, un sieso, un tipo sin suerte. Un prisionero de sí mismo que no entendía nada de la realidad cotidiana ni ésta le entendía a él.” La parrafada me dejó frío. Yo admiro a Pessoa, es uno de mis poetas favoritos. “Yo también, dijo ella, la poesía portuguesa es algo gracias a él. Eso sí, como hombre era un desdichas.” Se puso a recitar de memoria y se tiró como diez minutos recordándome poemas muy poco conocidos. Sin duda sabía más de Pessoa que yo mismo. Después de eso el viaje Valencia- Málaga fue un suspiro. Anduvimos en un paseo estremecido por otros paisajes humanos, quizá un poco más nuestros como Javier Egea, Granada 1952, por su libro, “Paseo de los tristes” «Quizá me confundí de calle y de aventura/ pero ya me conocen sus faroles y el alba,/ ya conocen mi sombra, mi canción, mi tristeza/ y esta costumbre vieja de andar erguido y solo». De pronto ella se puso a recitar a Safo traducida por la granaína Aurora Luque: «Se ha ocultado la luna, / mediada está la noche, / la hora propicia escapa, / y yo duermo sola». Me sentí tan en mi salsa que me dio por sacar un poema mío: Que el amor / llega despacio, / con un silencio / que truena. / Viene de pasito / a paso, va / de verbena / en verbena / y a veces suena / a fracaso. “¿De quien es?, preguntó. No lo conozco y suena bien.” Enrojecí como un crío y ella dijo: “¡No!” Tomamos café en el vagón restaurante y mientras la tarde corría aquella mujer desconocida me llenaba por dentro. Sus ojos, las ondas caprichosas del pelo, el óvalo del rostro, el color de su piel, los labios que sonreían y argumentaban sin cesar. Sin conocernos de nada nos hacía íntimos el amor rotundo por la poesía. Mientras iba al lavabo observé su buen tipo, los armónicos de su cuerpo al desplazarse. Me gustaba y calculé su edad... cuarenta y pocos. Al entrar en la nueva Estación de Málaga ella se puso tensa. Miró por la ventanilla he hizo señas a alguien que la esperaba en el andén. La vi al apearnos cuando ambas mujeres se fundieron en un larguísimo beso con lengua. Su enamorada parecía una mujer mayor, espigada, famélica, con una cara caballuna que me recordó al primer Tarzán (Johnny
Weissmuller). Mi presencia la incomodó y no ocultó su disgusto. Una vez presentados dijo: Bueno, vale, nos vamos, adiós. Y se perdieron entre la multitud. ¡Lástima! Pensé y me fui caminando hasta casa. No la volví a ver hasta ayer al cruzarnos en la playa. Ella y Málaga como el cristal... yo, como la mona Chita.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
Weissmuller). Mi presencia la incomodó y no ocultó su disgusto. Una vez presentados dijo: Bueno, vale, nos vamos, adiós. Y se perdieron entre la multitud. ¡Lástima! Pensé y me fui caminando hasta casa. No la volví a ver hasta ayer al cruzarnos en la playa. Ella y Málaga como el cristal... yo, como la mona Chita.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
"Ultimas tardes con Vicente" - 10/1/2005 - Felipe
Hay tanta gente buena por el mundo que si hubiera que contarlos saldrían demasiados. Algunos rasgos son comunes a todos ellos... por ejemplo que son anónimos. A veces los tenemos al lado o vivimos con ellos y no es fácil descubrirlos. De tanto en tanto yo colaboro con gente así. Estoy en una lista y me llaman cuando les hago falta. Si no lo hacen más a menudo es porque ¡hay tantos! Hará unos meses fui, se trataba de pasar la tarde en una residencia de ancianos de la Axarquía, en el “ala de terminales”, por usar su misma nomenclatura. Un trabajo sencillo: darles compañía, conversar... Yo voy por egoísmo, porque recibo mucho más de lo que doy. Un sábado, sobre las cuatro de la tarde, y en la cabeza una frase de Goethe: "Envejecer es retirarse gradualmente de la apariencia". Me dijeron: tiene 86 años, se muere, está solo y se llama Vicente. Octubre da pocos días luminosos y en su habitación hacía rato que se había puesto el sol. Al verme dijo: ¿Qué quieres? No recuerdo cómo salté esa pared, el caso es que gritaba: “¡No quiero uno nuevo, que no conozco ni me conoce! ¡Quiero a Luisa! ¿Por qué no ha venido Luisa? Lamento mentir pero la situación era desesperada y dije: Luisa estará ahora en el quirófano, la están operando... ayer se puso mala y... ya sabe como son esas cosas. Sus facciones se relejaron. "¡Ah, vaya, lo siento! Dijo él. De todas formas morir no es fácil, sabe. Llevo tres años diñándola y no hay modo, tengo mal carácter y ni allá arriba me quieren". Pasado el pánico (el suyo y el mío) nos acoplamos bien y fue una tarde fructuosa. Lo dejé después de la cena, las visitas lo excitan y luego no duerme. En realidad no duerme en ningún caso. Al salir pregunté, ¿por qué no vino Luisa?, y la responsable dijo: no volverá. El marido ya no quiere que venga... Conociendo su genio regresé al sábado siguiente y él empezó hablándome de Luisa: “Es joven, menos de cincuenta, guapa, no ha tenido hijos, el marido trabaja en un banco ¡y tiene una mala leche! Creo que lleva años sin acostarse con ella. No es un cabrón porque le ponga los cuernos es un cabrón porque lo es.” Ella está bien, le dije, pero tardará en recuperarse. Tú eres un hombre de mundo y tu vida debió ser tan rica e interesante que daría para una novela. “¡Seguro! Dijo él ¿La escribirás?” Me había llevado un bloc para tomar notas y se lo enseñé. Dije: venga Vicente, cuéntame algo guapo. Lo hizo y yo escribí sin cesar más de dos horas, con esa letra rabiosa, como de médico, que tanto molestaba a mi padre. Pero lo que él quería, lo que de veras le importaba era hablame de Luisa. “Si tuviera una foto suya, dijo, te la enseñaría.¡Qué corazón el suyo! No le cabe en el pecho y eso que ella es generosa en todo. Hace seis meses me puse ¡mu malico, malico! de verdad, mucho. Los médicos de la residencia dijeron: ¡por fin! Ella empezó a venir por las tardes, todas las tardes. Cuando el cabrón salía de casa ella aparecía por esa puerta. ¡Me salvó! ¿Quieres creerlo? Yo quería tirar la toalla y ella: no Vicente, tu tienes que ponerte bueno. Me salvé porque me enamoré. ¿No le parece acojonante? ¡Ochenta y seis años! ¡Muriendome! Porque me estoy muriendo. Me enamoré como un chaval”. Vicente es un pillo redomado y las últimas tardes con ella se la cameló para que, antes de morir le mostrara el pecho. Ella había dicho: de acuerdo, mañana. “Debió pedirle permiso al cabrón, pensaba él, aunque de todos modos no lo habría hecho, daba tiempo para que la muerte me sorprendiera con esa ilusión.” Esa noche me fui pensando que esas ilusiones no son tan difíciles de obtener y pasé por un sitio especializado. La chica me miró raro y preguntó, ¿seguro que es eso? Nos pusimos de acuerdo en el precio y la hora del sábado siguiente. Cuando la recogí dijo: por adelantado, por favor. Soy una profesional. A las cinco llegamos a la residencia y Goethe se había convertido en una idea global: ¡Vicente no iba a morir sin satisfacer su deseo! Pero lo reconozco, era un cabrón sin suerte.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
10.3.05
"Mecánica de matrices infinitas" - 3/1/2005 - Felipe
Los veranos son a veces probetas felices donde ensayamos esa sonrisa, esa palabra, ese gesto que llevamos aguantando desde que el frío cristalizó los labios, en una mueca, que si llegara al espejo, probablemente nos asustaría. Como ya lo he probado (y tampoco funciona) no voy a decir que un amor surgido en el otoño se inyecta directamente en vena y va del ojo implacable al corazón eterno. Pues no. Todos los románticos soñamos con eso: el atardecer, la niebla que llega del mar y ella que aparece viniendo despacio por una calle solitaria. La realidad, mucho más prosaica, ofrece otros modelos y como me apunto a todos la última vez me enamoré en primavera y reconozco que tuvo su mérito. Fue muy excitante porque se trató de una cita a ciegas y como es propio tuvo aquel punto inicial tan misterioso: mitad literario, mitad novelesco. No mentiría si dijera que produjo en mi el conocido efecto Red bull (que da alas, en este caso a la imaginación) ¡lo que me faltaba! La primavera, la sangre por las nubes y aquel abril tan húmedo y pegadizo como una canción de Sabina. Decidimos encontrarnos delante del Málaga Plaza. A ella porque le traía recuerdos laborales y a mi porque podía bajar dando un paseo desde casa. Su voz por teléfono me sonó agradable, el acento malagueño hasta las cachas, algunos giros verbales con ese punto irónico que nunca sabes si es inteligencia o pasotismo. Me agradó su risa, la franqueza nerviosa con la que uno ríe cuando no conoces de nada a la persona con la que hablas. Una semana después la llamé desde el hotel Kempinski, en Hamburgo, donde pasé unos días de trabajo. Tan sólo quería decirle que, esa tarde, dando un paseo por la bella ciudad alemana, me acordé de ella y, gracias a eso me dio el punto y le compré un foulard de seda en el tenderete de un joven iraní, especializado en sedas orientales. A ver Felipe, tío, ¿sabes qué hora es? Preguntó somnolienta. ¡Obviamente no! Ni sabía la hora ni me había preocupado del reloj desde que sobre la media tarde saliera del hotel. Me asombré: ¡eran pasadas las dos y media de la madrugada! Sí, dijo ella, éstas no son horas... ¿comprendes? Comprendía, sin embargo hay cosas que se deben decir en el momento de sentirlas, porque más tarde ya no están, han desaparecido, alguien se las ha fumado o sencillamente se las llevó el servicio municipal de recogida de basuras. En cambio si las cuentas, si las escribes las conquistas, permanecen, se quedan ahí y el hecho confirma luego que no fue una lucubración u otra empachera de letras. Éste, como todos los inviernos propician la nostalgia. Entre otras cosas porque la mueca ha salido del espejo y ya tuve tiempo de volver al principio. Lo explicaré una sola vez: cuando alguien llama a las dos de la madrugada (desde Hamburgo o desde la cabina de teléfono de la esquina) tan sólo quiere hablar de amor. ¿Vale? Los pañuelos de seda, los usos horarios, la oscuridad de la noche o el postre que tomamos para cenar no significan nada... o todo significa lo mismo. Para bien o para mal existe la añoranza, el deseo, el corazón que empuja la inquietud y la ilusión que lo tiñe todo con una iridiscencia inexplicable. De repente, algo tan simple como comprar un pañuelo de seda a la orilla de un lago alemán, a un muchacho con las manos amoratadas y los ojos universales, sólo se puede explicar haciendo esa llamada intempestiva o desarrollando cuanto sabemos sobre mecánica de matrices infinitas. Les pasa aciertas partículas cuyo fulgor cuántico dura una fracción inasible y al momento lineal de un electrón en el interior del átomo. Visto así quizá deba decir que se trata de algo habitual. Aquella llamada desde Hamburgo, en la inhóspita madrugada, se convirtió en un símbolo de la incomprensión, la primera piedra del edificio que no construiríamos. Cinco meses de relación apenas dieron para perder la magia y decirnos adiós correctamente.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
Un saludo y hasta el corazón de la semana que viene.
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